La autosatisfacción es tan vieja como la humanidad y es un recurso del que todos tienen derecho a echar mano. Se trata de un acto tan íntimo que no es obligatorio ni ponerlo en práctica ni pedir la autorización de nadie.
Por eso me causa una risa casi orgásmica la propuesta de Christine O’Donell, candidata republicana al Senado de EE. UU. La señora acude al argumento de la defensa de la moralidad para atacar la práctica de los placeres solitarios.
Según ella, la lujuria es tan inmoral como el adulterio, y como las personas no pueden masturbarse sin lujuria, pues condena estos actos. ¡Qué tal! Prohibir la paja, tan natural como reírse, es como exigirle a la gente que no se rasque. De hecho, más de un científico sostiene que cuando se hace en el momento adecuado, con ganas y en forma genuina, puede llegar a ser un remedio barato.
¿Cómo espera la honorable candidata evitar que la gente invoque a Onán? ¿Exigirá una declaración de manos quietas a sus seguidores? ¿Chequeará regularmente sus manos para revisar que no tengan pelos? ¿Los someterá al polígrafo? Ridículo.

Bien le caería una cita a ciegas con Onán a la señora. Quizás así aprenda que es una tontería meterle política a la cama. Hasta luego.